miércoles, 23 de noviembre de 2016

PERMENECER (POR CARMEN MORENO)

Me quedé.
Es cierto. Me quedé a su lado. Me quedé porque todos me decían "¿adónde vas a ir tú con cuarenta años, mujer?". Me quedé porque me llamaba mi hermana para recordarme que "una se casa para toda la vida y ya sabías cómo era. Porque a él siempre le gustó beber. Y el juego. El juego también le gusta".
Y, sí, me quedé a su lado.
Yo miraba a Ernesto, que es igual que su padre. Así, morenito con los ojos verdes  y una sonrisa que cautiva a la persona con el corazón más duro. Pero, luego, la retranca. Esa maldad que le nace a mi hijo no sé de dónde.
Le pegaba, claro. Igual que a mí. Y Ernestito se rebelaba. Le gritaba a su padre que parara: "¡Para, papá, la vas a matar!". Yo le oía gritar. Comenzó a gritar eso con ocho años. Antes no. Antes se escondía en su habitación, debajo de la cama.
Qué mayor se hizo de pronto... Ocho años no son nada y él ya tenía una obligación grande: salvarme.
Me quedé, tiene usted razón. Por arrastrada, eso piensa, pero lo hice porque no tenía donde caerme muerta, porque a mi niño no le faltase un plato de comida.
Pero aquel día yo dije basta. Usted cómo va a saberlo si no estaba allí para escucharme. Él me tiró al suelo, me cogió del pelo y me golpeó dos veces la cabeza contra el mueble. Ernestito saltó sobre su espalda y le dio un mordisco en el cuello. Él lo lanzó lejos. Mi niño se estrelló contra la nevera y se quedó sin respiración. Le vi amoratarse, no rompía a llorar, me miraba con aquellos ojos suyos tan abiertos, tan aterrados.
Me levanté como pude y corrí hacia Ernestito. Sentí una patada en la espalda y caí. No llegué a abrazarlo. Ni siquiera sé si llegué a tocar el suelo de nuevo cuando sentí la primera puñalada en las costillas. Creo que grité, no lo sé con certeza.
De las otras seis apenas me enteré. Yo ya no era yo, era un amasijo de carne y sangre derramada.
Ustedes saben tanto de locura...
Yo me quedé a su lado porque no tenía donde caerme muerta, porque mi hijo tiene que comer tres veces al día, porque "¿Adónde vas a ir tú ahora, hija mía? Tu sitio está a su lado. Mira que las de hoy en día ya no aguantáis nada".
Me quedé porque no tenía adónde ir.
Mírenme ahora, limpio casas y vivo sola con mi hijo. Escondida para que no me encuentre. Ernestito y yo vamos tirando. El miedo es otro, es distinto. Ustedes lo llaman salir adelante, yo salir por la tangente.
Yo me quedé, dígalo bien fuerte, doctor, y añada que al quedarme estuve a punto de perder la vida, casi pierdo a mi hijo y todos los días en los que fui, de alguna manera, la sombra de la mujer que cuando era niña soñaba.

1 comentario: